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martes, 14 de julio de 2026

Todo lo que un diario me enseñó (y por qué sigo escribiendo después de tantos años)

Todo lo que escribir en diario me enseñó

Qué es el journaling, por qué puede ayudarte a comprenderte mejor y cómo empezar a escribir un diario sin buscar la perfección.

Hoy el journaling está en todas partes. Hay cuadernos específicos, aplicaciones, vídeos de veinte pasos para empezar y listas infinitas de preguntas sobre las que escribir. Yo no empecé por nada de eso. De hecho, cuando empecé, ni siquiera sabía que aquello que hacía se acabaría conociendo como "journaling"

Llevo escribiendo diarios desde que tenía unos diez años.

El primero que recuerdo era verde, con el canto de las hojas dorado y un pequeño candado metálico que, probablemente, no habría impedido que nadie lo leyera. Si no recuerdo mal, fue un regalo de cumpleaños y, al principio, me emocionaba usarlo igual que las chicas que veía en las películas y series de adolescentes.

Ese diario ya no lo conservo, pero hace poco encontré otro de un par de años después. Era el típico diario de una niña: lleno de dramas, amores secretos y un resumen bastante detallado de mis días. Cuando lo releí, ya de adulta, sentí vergüenza ajena y ternura a partes iguales.

Según fui creciendo, el diario fue desapareciendo poco a poco. En el instituto, y más tarde en la universidad, escribir sobre cómo me sentía empezó a parecerme algo infantil. Me sentía "mayor", y, sin darme cuenta, asocié crecer con dejar atrás ciertas cosas. Entre ellas, escribir un diario.

O, al menos, eso creía.

Porque en realidad nunca dejé de escribir. Solo cambió la forma de hacerlo.

Durante muchos años sustituí el diario por pequeñas anotaciones en mis agendas, lo que hoy en redes sociales se conoce como memory planning: una fotografía, un recuerdo del día, una frase inspiradora, algo por lo que sentirme agradecida. Mirándolo con perspectiva, escribir nunca desapareció de mi vida; simplemente fue transformándose conmigo. También fue una época en la que dibujaba mucho, sobre todo viñetas de momentos de humor o curiosos que me ocurrían. Sustituí las palabras por esos trazos, pero en el fondo seguía reflejando mi día a día.

También coincidió con una época en la que Instagram y Tumblr empezaban a llenarse de fotografías de cuadernos, escritorios acogedores y tazas de café. Reconozco que una parte de mí también quería recrear aquellas escenas. A veces los hábitos empiezan por estética y terminan quedándose por todo lo que ocurre después.

Por aquella época cayó en mis manos El camino del artista, de Julia Cameron. Si todavía no lo has leído, es un libro práctico que propone un recorrido de doce semanas para desbloquear la creatividad a través de distintos ejercicios. El más conocido son las llamadas páginas matutinas: escribir tres páginas cada mañana, a mano, nada más levantarte y sin preocuparte por escribir bonito, hacerlo bien o incluso tener algo interesante que contar. La idea es, simplemente, dejar que los pensamientos fluyan sobre el papel. Puede sonar extraño. Incluso un poco absurdo, pero decidí probar.

Y ocurrió algo que no esperaba: Descubrí que escribir no cambiaba mis problemas, pero sí cambiaba la forma en que me relacionaba con ellos.

Había pensamientos que parecían enormes mientras daban vueltas dentro de mi cabeza y que, una vez escritos, perdían parte de su peso. Decisiones que se aclaraban al ponerlas en palabras. Emociones que solo conseguía entender cuando dejaban de ser una sensación difusa.

Desde entonces he llenado unos cuantos cuadernos (si tienes curiosidad, puedes verlos todos en este vídeo) y entendí que escribir no era un hábito más que tachar de una lista. Era una herramienta a la que siempre termino volviendo cuando necesito entender qué me pasa, ordenar una idea, tomar una decisión o simplemente bajar un poco el volumen del mundo.

He de reconocerte que no escribo todos los días, pero casi, porque hay temporadas en las que apenas abro el diario y otras en las que siento la necesidad de escribir cada mañana. No sigo una rutina perfecta, pero intento volver a ella cada vez, sobre todo cuando noto que mi cabeza empieza a llenarse demasiado de pensamientos rumiantes, o necesito aclararme sobre algún tema, tomar decisiones, o simplemente, desfogarme.

Con el tiempo me he dado cuenta de que no escribía para recordar lo que me ocurría. Escribía para comprenderlo. Y creo que esa ha sido la mayor lección que me ha dado un diario.


Entonces... ¿qué es exactamente el journaling?

Llegados a este punto, quizá te estés preguntando qué diferencia hay entre todo lo que te acabo de contar y eso que hoy llamamos journaling.

La respuesta corta es bastante sencilla: prácticamente ninguna.

Aunque ahora utilicemos una palabra en inglés, el journaling no deja de ser la práctica de escribir de forma habitual sobre nuestra vida, nuestros pensamientos, nuestras emociones o aquello que ocupa nuestra mente en un momento determinado.

Dicho así, parece una definición demasiado amplia, pero es que el journaling no es un método cerrado, ni una técnica con reglas estrictas. Es más bien un espacio, tu espacio.

Eso significa que no existe una única forma de llevar un diario.

Hay quien escribe cada mañana siguiendo el método de las páginas matutinas. Otras personas prefieren hacerlo por la noche, repasando cómo ha ido el día. Algunas llenan páginas enteras y otras solo escriben unas pocas líneas. Hay quien acompaña las palabras con dibujos, fotografías, entradas de cine o flores secas. Y también quien utiliza el diario para planificar objetivos, practicar la gratitud o recoger ideas que no quiere olvidar...

Todo eso sigue siendo journaling.

De hecho, creo que una de las razones por las que esta práctica ha sobrevivido durante siglos es precisamente esa: porque se adapta a la persona, y no al revés.


Quizá por eso me cuesta cuando en redes sociales parece que existe una forma "correcta" de escribir un diario. Cuadernos perfectamente decorados, páginas impecables o listas interminables de reglas sobre cómo hacerlo.

Mi experiencia ha sido justo la contraria. Los cuadernos que más me han ayudado no son los más bonitos. Son los más usados. Los que tienen tachones, cambios de opinión, tinta corrida por alguna lágrima o páginas escritas deprisa porque necesitaba sacar algo de mi cabeza antes de seguir con el día.


Si tuviera que resumir qué es para mí el journaling, probablemente lo haría con una sola frase: Es un lugar donde pensar por escrito.


Lo que he aprendido después de llenar unos cuantos cuadernos

Cuando decidí empezar a escribir en diario, mi objetivo era tener un espacio privado donde expresarme, nunca pensé que podría sacar tanto aprendizaje. No es magia, no cambia quién eres de un día para otro, ni hace desaparecer los problemas. Pero es cierto que, después de tantos años, sí que me siento capaz de extraer algunas lecciones, que he ido notando:


1. Un diario me enseñó que, a veces, las cosas están mejor fuera que dentro.

Hay días en los que siento que llevo demasiadas pestañas abiertas en la cabeza. Conversaciones que repaso una y otra vez. Preocupaciones que vuelven cuando intento concentrarme en otra cosa. Listas mentales de tareas. Decisiones pendientes. Frases que debería haber dicho. Frases que ojalá no hubiera dicho. Todo mezclado.

Con el tiempo, aprendí que darle vueltas a un problema o repetir las mismas preocupaciones, en bucle, tiene un nombre: estaba rumiando.

Rumiar es repetir el mismo pensamiento una y otra vez, sin avanzar. Es como caminar en una cinta de correr: haces esfuerzo, pero no llegas a ningún sitio. Escribir, en cambio, me obliga a bajar el ritmo y tomar decisiones.

Cuando una idea pasa de mi cabeza al papel, deja de competir por mi atención, con las otras cien que estaban esperando turno. Puedo verla con cierta distancia -y a veces eso ayuda a darte cuenta que no era para tanto-. Descubrir si realmente me preocupa tanto como parecía, o si solo necesitaba dejar de darle vueltas en silencio. Ordenarla y hacerme preguntas sobre ella.

No siempre encuentro una solución, pero (casi siempre) me aporta un poco de calma.

Hay días en los que mi diario parece más un vertedero mental que un texto con sentido. Páginas llenas de frases ilegibles, preocupaciones, listas, dudas o enfados escritos deprisa. Curiosamente, son esas páginas las que más me ayudan. Como si el simple hecho de sacar todo ese ruido de mi cabeza, dejara espacio para volver a respirar.

Esa práctica, también tiene nombre: brain dump, o "vaciado mental". Consiste en escribir sin filtros todo aquello que ocupa nuestra mente para liberar carga cognitiva y poder pensar con más claridad.

La investigación sobre escritura expresiva lleva décadas observando este fenómeno. El psicólogo James W. Pennebaker comprobó que escribir sobre pensamientos y emociones relacionados con experiencias difíciles puede ayudar a reducir la carga emocional y favorecer el bienestar psicológico cuando se practica de forma continuada. No es una solución mágica, ni sustituye a la ayuda profesional, pero sí puede convertirse en una herramienta muy valiosa para complementar la terapia, y ordenar lo que llevamos dentro.

✒️ Tu turno...

La próxima vez que notes que no puedes dejar de darle vueltas a algo, prueba una cosa muy sencilla.

Pon un temporizador de diez minutos. Abre un cuaderno. Y escribe absolutamente todo lo que pase por tu cabeza, sin preocuparte por la ortografía, el orden o el sentido. No intentes escribir algo bonito. Solo intenta que, cuando termines, haya un poco menos de ruido dentro de ti que cuando empezaste.


2. Un diario me enseñó que, a veces, necesito dar muchas vueltas, para encontrar el camino

Siempre me han hecho gracia esos consejos que dicen que, cuando tengas que tomar una decisión importante, hagas una lista de pros y contras. Como si las decisiones realmente difíciles se pudieran resolver en una tabla con dos columnas.

Ojo, hay veces que sí funciona. Pero otras, no tienen una respuesta evidente.

Porque no se trata solo de elegir entre dos opciones, sino de entender por qué una de ellas nos da tanto miedo, nos bloquea o no terminamos de decidirnos. Algo hay ahí detrás... y eso rara vez, me ha aparecido en una lista de pros y contras.

Cuando escribo sobre una decisión importante, pocas veces llego a una conclusión en la primera página. Normalmente necesito escribir una idea, contradecirla unas líneas más abajo, o incluso varios días después, hacerme una pregunta, responderla a medias, cambiar de opinión y volver a empezar. Lo más seguro es que esté escribiendo sobre ella durante días o semanas.

Visto desde fuera, podría parecer que estoy dando vueltas en círculo. Y, en el fondo, ... lo estoy.

Pero cada vuelta añade un pequeño matiz. Una pregunta nueva. Una posibilidad que no había considerado. Una creencia que descubro que estaba condicionando mi forma de pensar. Es un proceso mucho más lento. Y por eso me resulta tan valioso.

Vivimos rodeados de respuestas rápidas. Buscamos opiniones antes incluso de haber terminado de formular nuestras propias preguntas. Consultamos a otras personas, buscamos en Google,  en la IA, vemos vídeos, escuchamos podcasts... y, muchas veces, acabamos con más información, que claridad.

Escribir me obliga a detener ese ruido durante un rato. A escuchar primero mi propia voz.

No significa que siempre acierte, ni que termine tomando la decisión perfecta. Pero sí siento que, cuando finalmente doy un paso, lo hago desde un lugar mucho más consciente. De que es una decisión que he reflexionado, y he valorado en muchos aspectos (pero muuuchos) y es una decisión que he tomado yo, y no ha sido un impulso que un algoritmo me ha movido a hacer.

✒️ Tu turno...

Si hay alguna decisión que lleva días —o incluso semanas— rondándote la cabeza, no intentes resolverla hoy. En lugar de buscar una respuesta, prueba a escribir durante unos minutos sobre una sola pregunta: ¿Qué es lo que realmente me preocupa de esta decisión?

No busques llegar a una conclusión. Limítate a seguir el hilo de tus pensamientos hasta donde te lleven. Repite este ejercicio hasta que llegues a alguna idea útil.


3. Un diario me enseñó que poner nombre a una emoción, es el primer paso para entenderla

Hay días en los que resulta muy fácil responder a la pregunta "¿cómo estás?".

Bien. 

Mal.

Cansada.

Contenta.

Pero otras veces la respuesta es mucho más difícil.

Sabes que algo no termina de encajar, que llevas varios días más irritable de lo normal, más sensible o más apagada, pero no consigues identificar exactamente qué te pasa o qué lo está disparando. Y cuando no sabes ponerle nombre a una emoción, también resulta muy difícil saber qué necesitas.

Escribir me ha ayudado muchas veces precisamente a eso: a descubrir que aquello que yo llamaba estrés era, en realidad, miedo. 

Que detrás de un enfado, había frustración. Que muchas veces no estaba triste, sino decepcionada. O que lo que parecía falta de motivación, escondía un agotamiento que llevaba demasiado tiempo ignorando.

Lo curioso es que casi nunca descubro esas cosas al empezar a escribir. Las descubro mientras escribo. Como si las palabras fueran tirando poco a poco de un hilo hasta llegar al origen.

Y, aunque poner nombre a una emoción no hace que desaparezca, sí cambia la forma en que me relaciono con ella. Porque ya no estoy luchando contra una sensación difusa. Estoy entendiendo qué intenta decirme.

Con el tiempo he dejado de ver el diario como un lugar donde desahogarme. También se ha convertido en un lugar donde escucharme, y creo que esa diferencia es importante. Porque escribir no consiste solo en sacar lo que llevamos dentro, sino en prestar atención a lo que aparece, cuando dejamos de hacer ruido.

La psicología lleva tiempo estudiando cómo poner palabras a las emociones puede ayudarnos a regularlas. Algunas investigaciones sugieren que identificar y nombrar lo que sentimos reduce su intensidad y facilita una respuesta más consciente, un proceso conocido como affect labeling o "etiquetado emocional".

No significa que escribir elimine una emoción incómoda. Pero sí puede ayudarnos a comprenderla antes de reaccionar impulsivamente.

✒️ Tu turno...

La próxima vez que notes un malestar que no sepas explicar, intenta no empezar escribiendo lo que ha pasado. Empieza escribiendo cómo te sientes. Y, cuando termines esa primera respuesta, vuelve a preguntarte: "¿Y qué hay debajo de esa emoción?"

PD: A veces es muy útil usar una rueda de las emociones para saber ponerle nombre. Este es un ejemplo de rueda que se usa en psicología, muy completa y que te puede ayudar. 


4. Un diario me enseñó que la creatividad aparece cuando dejas de intentar hacerlo perfecto

Creo que una de las mayores barreras para crear no es la falta de talento. Es el miedo.

Miedo a hacerlo mal. A escribir una tontería. A que una idea no sea suficientemente buena. A empezar algo y abandonarlo a mitad. A no estar a la altura de las expectativas (nuestras o de los demás).

Las páginas matutinas que te comentaba al inicio de este artículo, me están ayudando a desbloquear mi creatividad. Si nunca has probado este ejercicio, probablemente te parezca extraño eso de escribir tres páginas seguidas sin pensar demasiado en lo que estás escribiendo. A mí también me lo pareció la primera vez. El enfrentarte a una página en blanco, a veces, impresiona, bloquea. ¿Qué narices voy a poner en ella? Entra la duda, y con ella, nuestro crítico interior. Y, precisamente por eso, las páginas matutinas funcionan.

Las primeras líneas suelen estar llenas de censura. Intentas escribir algo interesante. Algo coherente. Algo que merezca la pena. O algo poco original (tu día, el tiempo que hace, tus planes...) Pero, después de un rato, el cerebro se cansa de intentar quedar bien. Y entonces empieza a aparecer lo importante: una idea que no esperabas, un recuerdo, una conexión entre dos ideas, una reflexión profunda...

Creo que ese es el mayor regalo de las páginas matutinas. Te enseñan a dejar de juzgar cada palabra antes de haberla escrito. 

Con el tiempo, esa forma de relacionarte con el papel acaba saliendo del cuaderno. Empiezas a permitirte probar más cosas. A aceptar que no todo tiene que salir perfecto al primer intento. A aceptar que tienes permiso para probar nuevas ideas, planes... atreverte a hacer. A entender que crear también consiste en equivocarse, tachar, volver a empezar y descubrir que el resultado final casi nunca se parece a la idea con la que comenzaste.

Y eso no solo cambia la forma en que escribes. También cambia la forma en que afrontas muchos otros proyectos de tu vida.

Julia Cameron habla de este proceso como una manera de silenciar al "crítico interior", esa voz que juzga constantemente todo lo que hacemos antes incluso de haber terminado. Aunque las páginas matutinas nacen como una herramienta para desbloquear la creatividad artística, mi experiencia es que ese aprendizaje termina extendiéndose mucho más allá del ámbito creativo.

✒️ Tu turno...

Durante los próximos diez minutos, date permiso para escribir "mal". No corrijas. No vuelvas atrás. Es más, no releas lo que has escrito. Si una frase no te convence, da igual, sigue escribiendo. Si una idea te parece absurda, escríbela igualmente. Piensa que nadie va a leer esas páginas. Muchas veces, las mejores ideas aparecen justo después de dejar de intentar parecer brillante.


5. Un diario me enseñó que escribir en él, también es una forma de construir mi futuro

Durante mucho tiempo pensé que un diario servía para mirar hacia atrás, de recordar de alguna manera, lo que había pasado. Y sí, es uno de sus usos más típicos. Pero también sirve para mirar hacia delante.

No porque pueda predecir el futuro (ojalá, a la Sara ansiosa le encantaría esta habilidad), sino porque me obliga a preguntarme qué quiero hacer con él. Muchas decisiones importantes, las he tomado en el papel. 

¿Qué quiero realmente? ¿Qué tipo de vida estoy intentando construir? ¿Esto que hago cada día me acerca o me aleja de ella? O incluso ¿qué sería lo más útil para hacer hoy, que me lleve a mis objetivos?

Creo que esa es una de las mayores diferencias entre escribir un objetivo, en una lista de tareas, y reflexionar sobre él en un diario. Una lista suele responder al qué. El diario acaba llevándote al por qué.

Y cuando entiendes el porqué, resulta mucho más fácil mantener el rumbo, incluso cuando aparecen los obstáculos o la motivación desaparece durante un tiempo.

Muchas de mis páginas hablan de la persona en la que me gustaría convertirme. De los hábitos que quiero cultivar. De las cosas que ya no quiero seguir aceptando. De las pequeñas decisiones cotidianas que, sin hacer ruido, terminan construyendo una vida.

Diversas investigaciones sobre la escritura de metas sugieren que poner por escrito nuestros objetivos puede aumentar el compromiso con ellos y favorecer la planificación de los pasos necesarios para alcanzarlos. Más allá del resultado, el verdadero valor está en detenernos a reflexionar sobre qué queremos y por qué es importante para nosotros.

✒️ Tu turno...

Si dentro de cinco años volvieras a leer el diario que empiezas hoy, ¿de qué te gustaría sentirte orgullosa? No escribas lo que crees que deberías querer. Escribe aquello que, si nadie fuera a juzgarte, seguiría teniendo sentido para ti.


6. Un diario me enseñó a prestar atención a las pequeñas cosas

Durante mucho tiempo pensé que era importante registrar los grandes acontecimientos de la vida: viajes, noticias que marcan un antes y un después...y bueno, son importantes sí. Pero, con el paso del tiempo, lo que más disfruto al releer un cuaderno, no son esos grandes momentos.

Son los pequeños.

Una taza de café mientras ves amanecer, en calma. El primer día de otoño en el que vuelvo a ponerme un jersey. El olor de un libro recién abierto. Una conversación que no parecía importante y que, sin embargo, terminó cambiando mi forma de ver las cosas. El dibujo que hizo mi hija y que acabó pegado entre dos páginas... Esos pequeños instantes que pasan desapercibidos si no les prestamos atención, y que a la larga son los que nos hacen sentir que llevamos una buena vida.

Y creo que esa capacidad de detenernos, también explica por qué muchas personas incorporan la gratitud a sus diarios.

Entrenar la mirada para reconocer aquello que ya está funcionando cambia, poco a poco, la forma en que observamos nuestra propia vida. No se trata de ignorar lo malo, sino de hacer que no sea lo único que tenemos en mente.

Diversas investigaciones sobre la gratitud muestran que escribir de forma habitual sobre aquello que valoramos, puede aumentar el bienestar, favorecer emociones positivas y fortalecer la resiliencia. No porque cambie la realidad, sino porque amplía aquello a lo que prestamos atención.

✒️ Tu turno...

Antes de cerrar hoy tu diario, piensa en un momento (por muy pequeño que sea) que resulte agradable, de esos que puedes pensar "qué bien". Un abrazo con un ser querido. Tu café antes de que se despierte la familia. La sonrisa de una persona en el tren. El canto de los pájaros en el árbol que ves desde tu ventana... Escríbelo.


Cómo empezar un diario (sin complicarte la vida)

Si has llegado hasta aquí, quizá tengas ganas de probar a escribir. Y también, unas cuantas dudas: ¿Necesito un cuaderno especial? ¿Tengo que escribir todos los días? ¿Y si no sé qué poner?

La buena noticia es que no existe una forma correcta de empezar.

Después de llenar unos cuantos cuadernos, creo que hay muy pocas reglas que realmente merezcan la pena, pero intentaré resumirte las ideas principales:


1. No busques el cuaderno perfecto

Lo importante no es el papel. Es volver a él.

OK, reconozco que un buen cuaderno, de calidad, y tu bolígrafo (o pluma -sí, soy de esas-) favorito, suman muchos puntos a la experiencia de escribir. Te lo digo como persona que se compró una tinta con olor a café para hacer la experiencia todavía más completa, en más sentidos.

Pero, en realidad, no necesitas grandes lujos ni marcas. Cualquier cuaderno y cualquier bolígrafo te sirven para empezar. Es más, te recomiendo empezar por lo más sencillo y a tu alcance, y si le coges el gusto a escribir, entonces sí te animo a buscar materiales que sumen a tu experiencia.

El freno más grande que vas a encontrar es el comenzar a escribir, comenzar a coger el hábito. Ponlo fácil y usa lo que tienes a mano.


2. No escribas para hacerlo bonito

Nadie va a corregirte. Nadie va a leerte. Escribe para ser sincera. Tu diario no necesita frases inspiradoras, caligrafía perfecta ni fotografías dignas de Pinterest. Solo necesita ser un lugar seguro donde puedas pensar sin filtros.

Las imágenes que ves en redes pueden ser muy motivadoras para animarte a empezar pero, a la vez, esa perfección que ves, puede ser un gran bloqueo (¿y si no quedan así de bonitas?). Aléjate de ellas una temporada, y solo escribe para ti, sin importar cómo se vea.


3. Constancia es más importante que cantidad

No hacen falta tres páginas. Ni media hora. Ni escribir todos los días. Lo importante no es mantener una racha perfecta. Es saber que ese espacio sigue esperándote cuando lo necesites. Y hacer por volver a él. 


4. Si no sabes qué escribir, empieza por una pregunta

Muchas veces creemos que no tenemos nada que contar. En esos casos, puedes usar lo que llaman prompts o temáticas ya pre-definidas, que te sirven para romper la barrera de la página en blanco.  También puedes preguntarte cosas como: ¿Cómo estoy hoy? ¿Qué ocupa ahora mismo mi cabeza? ¿De qué tengo miedo? ¿Qué ha sido lo mejor de este día?


Una invitación antes de cerrar el cuaderno

Si hace unos años alguien me hubiera dicho que escribir en un diario acabaría convirtiéndose en uno de los hábitos que más paz me aportarían, probablemente me habría reído.

No escribo porque mi vida sea especialmente interesante. Escribo porque me ayuda a entenderme. Porque, cuando el ruido aprieta, el papel siempre tiene la paciencia que a veces yo no tengo. Porque me recuerda hacia dónde quiero caminar.

No sé si el journaling llegará a convertirse en uno de tus hábitos.

Quizá descubras que no es para ti. O quizá, como me ocurrió a mí, solo necesites encontrar tu propia forma de escribir. Pero creo que merece la pena darle una oportunidad.


¿Y si empezamos juntas?

Si te apetece probar, quiero proponerte algo, un pequeño experimento.

Durante los próximos siete días, reserva entre diez y quince minutos para ti. Busca un cuaderno, prepara una bebida a tu elección, siéntate en un lugar tranquilo y escribe.

Sin preocuparte por la ortografía. Sin intentar escribir bonito. Sin pensar si lo estás haciendo bien. Solo escribe.

Si quieres empezar hoy mismo, he preparado una guía gratuita con siete propuestas de escritura —una para cada día— para acompañarte en este proceso. Puedes descargarla al registrarte en mi newsletter "Mi cartita del domingo" y empezar cuando te apetezca.

Te animo también, a compartir tu experiencia en los comentarios. 


Libros recomendados si quieres saber más sobre journaling



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2 comentarios:

  1. Voy a animarme con el reto,escribía diarios de adolescente,pero como tenía una vida bastante monótona solía cansarme,a veces escribo pensamientos o cosas que se me ocurren en la agenda.intentare cumplir el reto y poner todos los días los progresos en instagram, a ver qué sale,ya te iré contando.
    Un besazo.

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    1. A mí me pasaba lo mismo, pero es que la vida media adolescente por lo general es así de monótona (aunque en el momento nos pensásemos que era lo más ajajaja) ¡Lo estás haciendo muy bien! por cierto, muy buena idea añadir en la agenda los pensamientos e ideas :) me lo guardo como sugerencia!

      Besos

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